En una serie de declaraciones que oscilan entre la autocrítica y la confrontación, Vicente Fox admitió que su gobierno «se olvidó de los pobres» y cedió ante el empresariado para congelar el salario mínimo por falsos temores de competitividad

Desde los vientos templados de su rancho en San Cristóbal, Guanajuato, don Vicente Fox Quesada ha decidido obsequiarnos una nueva entrega de su ya clásica comedia involuntaria. Esta vez, el ex presidente que prometió un crecimiento económico del 7 por ciento y el fin del conflicto en Chiapas en quince minutos ha tenido un doble destello de honestidad y contradicción que merece ser analizado con el bisturí de la ironía.

EL PRESIDENTE QUE «QUERÍA, PERO NO LO DEJARON»

Resulta conmovedor enterarse, en una entrevista del ex Mandatario al diario El País, más de dos décadas después, de que Vicente Fox sí quería aumentar el salario mínimo de los trabajadores mexicanos de manera más rápida. ¡Qué noble corazón latía bajo el cinturón piteado! Sin embargo, el «Presidente del cambio» nos confiesa, con una candidez que raya en el cinismo, que no pudo hacerlo porque se reunía mensualmente con los empresarios de su sexenio y éstos le decían que «no».

—»No, señor Presidente, si subimos los salarios vamos a perder competitividad, no vamos a poder exportar…», le susurraban al oído. Y el Mandatario de una nación de más de cien millones de personas, el depositario de la soberanía nacional, simplemente agachaba la cabeza, se resignaba y guardaba sus buenas intenciones en el cajón de los proyectos inconclusos.

Fox admite que cedió dócilmente ante las advertencias del sector empresarial y que hoy «lamenta haber confiado en esos argumentos». Una disculpa un tanto tardía para los millones de trabajadores que vivieron el estancamiento de sus ingresos mientras el gran capital seguía perdiendo todo el «miedo» a la falta de competitividad.

La paradoja es deliciosa: quien llegó a Los Pinos con la fama de ser un audaz negociador y un hombre de carácter indomable terminó gobernando como un dócil gerente que pedía permiso mensual a su consejo de administración para ver si le dejaban darles unas monedas más a los empleados.

EL MILAGRO DE LA ILUMINACIÓN AJENA

Pero la comedia no termina ahí. En un arrebato de cruda sinceridad que debió costarle varias visitas al botiquín médico, Fox admitió que el incremento histórico al salario mínimo implementado por el gobierno de Andrés Manuel López Obrador fue, en realidad, una «buena idea».

—»Me muerdo la lengua», confesó el guanajuatense, utilizando una metáfora médica extremadamente precisa para su dolorosa admisión. Claro que, fiel a su estilo campechano y sin filtros, no pudo otorgarle el mérito completo a su archienemigo sin antes salpicar un poco de hiel: «Es a favor del pinche Lopitos, que destruyó el país, pero tuvo una buena medida. Alguien lo iluminó un día y le dijo: ‘Sube el salario mínimo'».

Es extraordinario. Para Fox, el aumento salarial que él no pudo (o no quiso) concretar por miedo a las cámaras empresariales no es producto de una política laboral estructurada ni de una visión social, sino de un rayo divino, de una «iluminación» mística que descendió sobre Palacio Nacional. La teología económica de Fox: si lo hace la izquierda y funciona, es por gracia divina; si lo intentó él y falló, es por culpa de los empresarios contrariados.

«OLVIDARSE DE LOS POBRES» Y QUEJARSE DE LOS «HUEVONES»

La autocrítica foxista alcanza niveles de surrealismo cuando confiesa que tanto su gobierno como el sector empresarial «se olvidaron de los pobres», un terrible error de cálculo que, según sus propias palabras, preparó el terreno para el triunfo de Morena.

«No hicimos suficiente… buena parte de la culpa la llevamos nosotros», declaró a El País. Un diagnóstico correcto, aunque formulado veinte años después de haber tenido el presupuesto y el poder del Estado para evitarlo.

No obstante, la empatía y la culpa le duraron muy poco al ex Mandatario. Casi al mismo tiempo que reconocía este histórico olvido hacia los sectores más vulnerables, Fox volvió a arremeter con furia contra las transferencias directas de recursos a la ciudadanía que realiza el gobierno actual. Con su característica elegancia verbal, sentenció en agosto de 2026: «A la gente hay que darle preparación, no dinero para que esté de huevón».

He aquí la gran tesis sociológica de San Cristóbal: el gobierno que él encabezó empobreció a la población por omisión, desidia y sumisión ante el empresariado, pero ayudar económicamente a esos mismos marginados hoy en día es «fomentar la vagancia». Para Fox, la pobreza de los mexicanos no es una falla estructural del modelo que él defendió, sino un problema de actitud que se soluciona con «capacitación», mientras el estómago ruge y el salario mínimo de su época apenas alcanzaba para lo básico.

CABALGANDO HACIA EL ABSURDO

Vicente Fox nos ha demostrado que se puede vivir en la más absoluta incongruencia sin perder un ápice de la sonrisa. Se disculpa por haberse olvidado de los pobres, pero insulta a quienes reciben apoyos sociales calificándolos de flojos; se lamenta de no haber tenido el valor de desafiar a los empresarios para subir el salario mínimo, pero descalifica sistemáticamente la administración que sí lo hizo argumentando «iluminaciones» de origen desconocido.

Y en medio de este torbellino de contradicciones, con la ligereza de quien nunca ha tenido que estirar el gasto diario para comprar la canasta básica, don Vicente ya anuncia alegremente que «ya está cabalgando» y que hará campaña por la oposición en el 2027. Habrá que ver si en sus nuevos discursos de campaña decide explicarle a los trabajadores de México que sus salarios no subieron en su sexenio porque sus amigos de las reuniones mensuales no le dieron permiso de ser un presidente de verdad.

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